DISTOPIAS COLECTIVAS E INDIVIDUALES

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DISTOPIAS COLECTIVAS E INDIVIDUALES

 

Si las distopías son utopías negativas que se ubican en un futuro cercano y probable como consecuencia del desarrollo de ciertas tendencias actuales que alcanzan extremos inimaginables, pero no imposibles, cabe plantearse en qué medida son percibidas socialmente como situaciones distópicas.

La evolución histórica y social es contradictoria y ello no ha impedido la reflexión acerca de las consecuencias que entrañan algunas líneas del desarrollo de la sociedad que son capaces de producir escenarios catastróficos e indeseables. En el terreno artístico no son pocos los intentos que se han llevado a cabo en este sentido de entre los que cabe mencionar dos producciones cinematográficas de Terry Gilliam: Brazil y The Zero Theorem.

Brazil es la expresión de una distopía colectiva en la que se presenta un mundo hiperburocratizado, sometido a la opresión totalitaria de una gran tecnocracia que controla prácticamente todos los ámbitos de la vida humana. Se trata de un universo que sin embargo no ha sido llevado hasta sus últimas consecuencias como lo demuestra la existencia de una oposición social al mismo. A lo largo de la película son frecuentes los atentados contra instituciones del régimen establecido, una oleada de actos de resistencia armada dirigidos a diezmar un sistema en el que el ministerio de información, dedicado a organizar, dirigir y ejecutar la represión, se ha hipertrofiado hasta el punto de acaparar la mayor parte de los recursos disponibles. Asimismo, el protagonista termina volviéndose en contra de ese sistema tiránico para el que trabaja y que le mantiene frustrado.

En Brazil la distopía es colectiva porque una parte de la sociedad es consciente de estar viviendo en un mundo indeseable, lo que provoca la resistencia. Un claro ejemplo es cuando al protagonista le queman el coche al tener que ir a un domicilio a resolver un asunto de papeleo burocrático con alguien cuyo esposo ha sido víctima de esa burocracia. Por el contrario el escenario de The Zero Theorem es diametralmente el opuesto al de Brazil.

En el caso de The Zero Theorem la sociedad vive una utopía colectiva en la que la gente ha dado la espalda completamente a la realidad, donde todo el mundo está conectado entre sí gracias a Internet pero en el que se ha renunciado a la comunicación, en donde la sociedad está compuesta por individuos narcisistas, cerrados sobre sí mismos y donde parece que todos han alcanzado la felicidad en ese grandioso escenario. Pero el protagonista, a diferencia de toda la gente que le rodea, se pregunta acerca del sentido de todo y esto le hace sentirse desplazado. En The Zero Theorem la distopía es la de un individuo en contraposición a una sociedad que vive el mundo presente como una gran utopía tecnológica llena de oportunidades.

The Zero Theorem es una metáfora de la sociedad actual. La peor distopía es aquella que se vive inconscientemente, y que por ello es tenida por lo contrario de lo que verdaderamente es. Los inadaptados a ese mundo son quienes lo padecen como una distopía personal, pues se trata de individualidades más o menos dispersas que no encuentran sentido al mundo en el que viven.

La tecnología, sobre todo en el terreno informativo y comunicacional, ha creado la sensación de que estamos viviendo una era inimaginable llena de oportunidades en la que podemos ver realizadas nuestras metas, donde las posibilidades del ser humano se han expandido en relación directa a ese desarrollo tecnológico. Pero lo cierto es que esa percepción que las estructuras adoctrinadoras se han apresurado a implantar en la conciencia de la sociedad, y con la que han pretendido crear una nueva experiencia colectiva en la que se ha generado la ilusión de nuevas e infinitas posibilidades, sólo ha contribuido a crear un mundo lleno de seres individualistas y egocéntricos, obsesionados con su imagen y con ser famosos.

Las redes sociales, que merecen el apelativo de antisociales, han fagocitado lo peor del ser humano. La egolatría rezuma en cada uno de los bytes que transitan por dichas redes, donde todos quieren ser su propia celebridad, y el yo es el principal objeto de culto. Los selfies, los me gusta, etc., son la expresión más patética y estúpida de una sociedad antisocial en la que todo gira en torno al yo, a la imagen del yo, al llamar la atención como sea posible, al exhibicionismo. Es la sociedad de la desconfianza, de la paranoia pública, en la que quien no rinde culto al yo de los otros, y del suyo propio, se hace sospechoso y pasa a engrosar la lista negra de los bloqueados, de los ignorados y en última instancia de los excluidos. Se trata de una sociedad al filo del abismo en la que la conexión no ha producido mayor comunicación sino un creciente aislamiento, una falta de empatía, y donde por el contrario se ha alimentado la vanidad, el egoísmo, la presuntuosidad, la arrogancia e infinitos atributos negativos más.

Internet y las telecomunicaciones en general han creado un universo cada vez más distópico en el que se cree que está viviéndose una gran utopía. Todos conectados, todos cabizbajos con los smartphones caminando como verdaderos zombies por la calle, con los auriculares puestos, entusiasmados con los ipad que absorben toda nuestra atención… Se trata de ser feliz en la inconsciencia. La virtualidad ha suplantado la realidad de la que es su más preclara negación. Es más fácil aislar a un individuo facilitando su comunicación con otros individuos a cientos o miles de kilómetros de distancia, pues esto no le creará la necesidad de comunicarse y entablar contacto directo con quienes le rodean. A esto se suma el hecho de que el ser humano, si es que todavía puede llamársele humano, ya ni siquiera crea nada por sí mismo sino que es un mero reproductor de lo que le llega desde el mainstream. Es un apéndice de la anti-realidad virtual, su prolongación lógica y natural que toma posesión del sujeto y que lo convierte en una nada. La inmediatez, la sincronización, la inmaterialidad de un ámbito, como es Internet, que está al mismo tiempo en todas partes y en ningún lugar concreto, ha reducido a nada al individuo.

Internet ha contribuido a reorientar las relaciones sociales en tanto en cuanto ha pasado a constituir un espacio que trata de canalizar el proceso de socialización humana, de desarrollarlo de un modo controlado y dirigido a través del entramado tecnológico, comunicativo y corporativo. De esta manera Internet, dada su creciente generalización, ha logrado crear una experiencia colectiva que ha permitido en muchos aspectos la homogeneización de la mentalidad de la población, y la creación de un imaginario colectivo que reconstruye la realidad en función de los hábitos y actitudes que son inculcados por este medio. Esta experiencia colectiva se caracteriza por la sensación de libertad que ha logrado crear en torno a las casi infinitas páginas, web, portales, bitácoras, etc., que constituyen las diferentes fuentes de información, y sobre todo de desinformación, de la red. Pero en la práctica Internet ha servido para aumentar la exposición de sus usuarios a los mensajes que son difundidos masivamente por las principales corporaciones de la información y de la comunicación, que son los que canalizan, a su vez, los grandes flujos informativos. La diversificación de los productos que continuamente son consumidos en la red es lo que ha creado esa sensación de libertad, cuando tras todo ello se da una fuerte concentración del poder mediático y económico que determina los contenidos que son propagados masivamente en Internet. Son, en suma, los que articulan los principales nódulos comunicativos e informativos por los que transita el grueso de la información que llega a la mayor parte de la población.

Internet es en el contexto de una sociedad capitalista un espacio de consumo, tanto de productos económicos como culturales e informativos que son ofrecidos al público general. En lo que a esto respecta la red de redes ha ejercido, y aún ejerce, un papel considerable en el moldeamiento y establecimiento de un modelo cultural hegemónico en la sociedad que, a su vez, está ideológica y políticamente orientado, y que responde a una intencionalidad determinada por el poder establecido. Así es como la percepción de la realidad es alterada y adecuada a las exigencias del sistema de dominación. En cierta medida se trata de un modo de conciliar al sujeto con su propia condición de sometido, y con ello dar lugar a un consentimiento social que facilite la existencia de las relaciones de poder que definen a la sociedad actual. Esto se consigue creando una representación de la realidad que induce, como es el caso de Internet, determinadas sensaciones derivadas de la experiencia individual y colectiva que organiza. De esta forma el mundo llega a ser presentado como el mejor de los mundos posibles, dentro de ese desarrollo histórico lineal y ascendente de la humanidad desde el reino de la necesidad al de la libertad. Se trata, en definitiva, de una gran utopía colectiva que es recreada y amplificada socialmente a una escala colosal para facilitar la aceptación del orden establecido y de sus autoridades.

Sin embargo, la utopía colectiva que ha logrado forjar la modernidad con todo su aparato tecnológico, cultural, ideológico y, en suma, adoctrinador, no ha impedido que esa realidad misma que ha creado se haya convertido para diferentes individualidades, generalmente no conectadas entre sí, en una verdadera distopía. Esto se expresa claramente en la falta de sentido que ha adquirido el mundo a causa de la imposición de una mentalidad definida por la razón instrumental que está sujeta a fines prefijados. Nada tiene un valor intrínseco ni un sentido propio al ser todo, las cosas y las personas, recursos para la consecución de fines preestablecidos. En el fondo no deja de ser el resultado del vaciamiento del sujeto y de su mundo interior a causa de un contexto sociocultural en el que para determinadas individualidades es difícil encajar, y por tanto encontrar un lugar y un sentido propio. Por decirlo de algún modo la modernidad ha traído consigo, y especialmente con su filosofía y mentalidad dominante, el nihilismo y la consecuente pérdida de valores que ha abocado a la sociedad a un materialismo y utilitarismo desaforados.

En torno a la cuestión de las utopías y distopías existe un cierto grado de subjetividad, pues catalogar una determinada situación como distópica conlleva la asunción de unos planteamientos previos y de una postura ideológica que establece una perspectiva que conduce a esa conclusión. La problemática actual estriba en el hecho de que el sistema de dominación ha logrado socializar sus valores y actitudes, generar una cultura y un marco ideológico que han sido interiorizados y que han creado en el sujeto una serie de sensaciones que lo concilian con su condición de oprimido, y que crean el necesario consentimiento social que facilita la pervivencia de las estructuras de opresión. Esta homogeneidad social, cultural e ideológica hace que el orden establecido, a pesar de las que son tenidas por unas pequeñas y transitorias imperfecciones, sea concebido como el mejor de los posibles  y que la población vea como algo normal lo que, desde unos valores, planteamientos e ideas diferentes a las dominantes sería considerado como anormal e indeseable. En este punto es en el que se circunscribe la disidencia política, social e ideológica de aquellos elementos más conscientes de la sociedad que expresan su oposición activa al sistema establecido. Por el contrario, aquellas individualidades que desarrollan una forma de existencia socialmente anómala para el sistema, debido a su inadaptación y a otros factores de diferente naturaleza, son aquellos para los que su experiencia en este mundo equivale a una distopía individual definida por su manifiesta incapacidad para adaptarse a la realidad social, cultural y política en la que se ven obligados a desenvolverse.


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